Centro de Memoria Histórica del Colegio Madrid

SALAS HISTÓRICAS CRONOLÓGICAS

EL REGRESO A LA PRESENCIALIDAD: ENTRE LA ALEGRÍA Y EL MIEDO

 

Después de más de un año de educación a distancia, el regreso al Colegio fue un momento profundamente emocional y contradictorio. La comunidad entera ansiaba reencontrarse, volver a las aulas, caminar por los patios, sentir la vida cotidiana del Colegio; sin embargo, la alegría estuvo acompañada por la incertidumbre, el miedo y el cansancio acumulado.

 

Durante los primeros meses, el uso obligatorio de cubrebocas (excepto en maternal y primero de preescolar) marcó nuestras rutinas. Fue una medida necesaria, pero también una barrera emocional y pedagógica. Las y los docentes enfrentaron la dificultad de no poder ver los rostros completos de sus alumnos, de no reconocer sus gestos ni sus emociones. El lenguaje corporal se redujo, las sonrisas desaparecieron detrás de las mascarillas, y la convivencia — aun presencial— conservaba el eco de la distancia.

 

En los niveles iniciales, el reto fue aún mayor. Las maestras de preescolar y primeros grados tuvieron que enseñar lectoescritura sin poder modelar el movimiento de los labios, dificultando la pronunciación y el aprendizaje de los sonidos. En muchos casos fue necesario improvisar estrategias: usar máscaras transparentes, recurrir al apoyo visual, exagerar gestos con los ojos y las manos. El aprendizaje se transformó una vez más en un ejercicio de creatividad y paciencia.

 

La sana distancia modificó también nuestra manera de estar juntos. No podíamos tocarnos ni abrazarnos. Los recreos eran silenciosos, los saludos se limitaban a gestos con la mirada o movimientos de las manos. Las habilidades motrices, especialmente en los niños más pequeños, habían disminuido, y los profesores de educación física trabajaron arduamente para recuperar la coordinación y el movimiento que el encierro había debilitado. El miedo, aunque controlado, seguía presente. Cada tos, cada fiebre, despertaba la inquietud colectiva. Los filtros sanitarios, la toma de temperatura, el uso constante de gel antibacterial y la limpieza de superficies se convirtieron en parte de nuestra nueva normalidad. Había días en que acudía un grupo y otros en que asistían los demás, para evitar aglomeraciones. Los patios, antes llenos de ruido y vida, parecían a veces suspendidos en un silencio cuidadoso, expectante.

 

Aun así, el regreso fue también un acto de esperanza y compromiso. Supuso reorganizar horarios, rediseñar espacios, cuidar los detalles más pequeños para garantizar la seguridad de todos. Cada reencuentro, aunque distante, recordaba que seguíamos siendo comunidad. Poco a poco, entre la prudencia y el afecto, fuimos recuperando la voz, el movimiento, la risa detrás de los cubrebocas. Fue un regreso feliz y al mismo tiempo triste, lleno de contradicciones, pero también de certezas: habíamos resistido, aprendido y nos preparábamos para reconstruir juntos el Colegio.

 

 

 

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